Puntos clave
- El suelo se cultiva y los Jalqa son la comunidad a la que pertenecen estas tierras.
- Una paleta casi sin otros colores que, por sí sola, distingue estos tejidos en los Andes.
- Animales imaginarios que llenan el tejido sin horizonte y representan un inframundo en vez de una superficie ordenada.
- El tejido casi había desaparecido en la década de 1970 y se recuperó de forma deliberada.
Quiénes son los Jalqa
Un pueblo quechua de las tierras altas al noroeste de Sucre, dedicado al cultivo de tierras que incluyen la formación Maragua. El nombre describe un grupo cultural y geográfico, no un único pueblo.
Su presencia transforma lo que es el cráter. De una formación del terreno tan extraña cabría esperar que estuviera deshabitada, pero en su fondo hay casas, campos, animales, senderos y una escuela. Es una tierra trabajada.
Conviene tenerlo presente durante el día. Caminará por un lugar donde vive gente, no por una exposición.
Qué diferencia a estos tejidos
Las tradiciones textiles andinas se encuentran entre las más ricas del mundo y la mayoría comparten ciertos rasgos: franjas de color, organización geométrica, simetría y una clara noción de arriba y abajo.
El tejido Jalqa no sigue casi ninguna de esas convenciones. Se realiza en rojo y negro, con muy poco más, y en lugar de franjas y simetría presenta un campo denso de figuras sin horizonte ni orden evidente.
Al contemplar una pieza por primera vez, la mayoría de los visitantes la interpretan como caótica. Esa interpretación es correcta e intencionada.
También rompe una regla que observan la mayoría de las tradiciones textiles de cualquier lugar: el tejido se organiza. Las rayas, los bordes, las repeticiones y las mitades en espejo son casi universales en el tejido porque surgen de forma natural de cómo funciona un telar. Crear un campo sin ninguno de estos elementos exige un esfuerzo deliberado contra la propia lógica de la técnica.
Tejido rojo y negro, denso de figuras y sin horizonte
Los khurus y el mundo subterráneo
Las figuras son khurus: animales, pero no animales que nadie haya visto. Tienen demasiadas extremidades, cabezas extrañas y cuerpos que se transforman en otros cuerpos, y aparecen dispersos por el tejido en todos los ángulos en vez de asentarse sobre una línea de suelo.
Lo que representan los tejidos es el ukhu pacha, el mundo interior o inferior, que en la cosmología andina no es el infierno, sino el ámbito de lo incontrolado y lo generativo. Es un lugar sin el orden del mundo de la superficie, y el tejido lo representa en consecuencia.
Así que el desorden es el tema. Un tejido más ordenado sería menos fiel y, una vez explicado esto, la tela deja de parecer caótica y empieza a parecer precisa.
Cómo se elabora una pieza
En un telar horizontal de suelo, fijado con estacas, mientras la tejedora trabaja sentada. La técnica es de urdimbre vista, lo que significa que el dibujo se forma con los hilos longitudinales y la tejedora los selecciona uno a uno para crear las figuras.
No hay un cartón ni un dibujo que seguir. La composición se guarda en la mente y se construye sobre la marcha, por eso no hay dos piezas iguales y las figuras varían de una tejedora a otra.
Una pieza importante requiere meses de trabajo intermitente, compaginado con la agricultura y las tareas del hogar. Tejer no es ni ha sido nunca una ocupación a tiempo completo aquí.
Ver cómo se hace es lo que convence a la mayoría de los visitantes. Los hilos se seleccionan individualmente, a mano y sin un patrón que consultar, y de lo que un momento antes parecía un campo indiferenciado de rojo surge una figura. Es un proceso lento de una forma difícil de transmitir y evidente en cuanto se ve.





























Una tradición que casi desapareció
En la década de 1970, el tejido estuvo a punto de desaparecer. Las telas producidas en masa, la migración y las presiones habituales de la agricultura de subsistencia lo habían vuelto poco rentable, y el número de tejedoras que aún trabajaban los diseños antiguos había disminuido drásticamente.
Se recuperó de forma deliberada gracias a un trabajo realizado en la década de 1980 que documentó las piezas conservadas, localizó a tejedoras que aún dominaban la técnica y creó un mercado que volvió a hacer que este trabajo mereciera la pena.
Por eso, los tejidos que ve hoy el visitante son una recuperación y no una línea ininterrumpida, y no es una crítica. Una tradición rescatada es más interesante que una que nunca estuvo amenazada.
Conocer a una tejedora en esta excursión
Si hay alguna disponible, la excursión incluye tiempo con ella y una explicación de su trabajo. El operador lo describe como algo sujeto a disponibilidad y no garantizado, que es la forma honesta de presentar un acuerdo con alguien que tiene sus propias actividades.
Cuando sucede, suele ser la parte del viaje de la que la gente habla después. Que la persona que crea las figuras las explique transforma un trozo de tela en un documento.
Si no sucede, nada más del día cambia.
Dónde más ver los tejidos
Sucre cuenta con un museo textil dedicado al tejido de esta región, incluidos los Jalqa y la tradición vecina de Tarabuco. Merece la pena dedicarle 1 o 2 horas y es un excelente complemento para esta ruta de senderismo.
Si puede elegir, es mejor visitar primero el museo y después el cráter, porque el museo le enseña a mirar y el cráter le muestra de dónde procede.
Se pueden comprar piezas, y hacerlo a la tejedora o a las organizaciones que la apoyan hace que el dinero llegue a quien corresponde.
Si compra alguna, pregunte qué es la pieza y quién la hizo. Una tejedora o una cooperativa le dirá ambas cosas sin vacilar, y eso es en sí mismo la prueba más útil al alcance de un visitante que no puede valorar el trabajo a simple vista.